No hay mucho que decir sobre esta serie más allá de que estoy tratando de retomar la acuarela en estos días de encierro y me pareció un ejercicio interesante experimentar haciendo imágenes de 4x7 cm. La acuarela siempre me ha parecido un medio extraño y difícil de descifrar, no hay una forma correcta de usar la acuarela y quizás esto es lo que la hace tan intimidante. Mi maestro de dibujo me dijo una vez que hay que pensar que estamos trabajando con luz, cada pincelada quita un poco de luz, es como cerrar el diafragma de una cámara y de esta forma la imagen se opaca pero también se materializa. Escuchar esto último fue tan útil como cuando entiendes que las partes centrales de un cubo rubik no se mueven (y sí, esto es lo único que recuerdo de esa película de Will Smith, esa que todos dicen “es muy triste” pero tampoco pueden decirte por qué), no significa que pueda resolver el cubo, pero al menos ofrece un principio estructural sobre el cual pensar el medio.
Cuando pienso en la acuarela y lo que me gusta hacer con ella pienso en estas dos imágenes:
El primero es un trabajo de Winslow Homer, me gusta porque a pesar de que hay una búsqueda de realismo, si uno lo observa detenidamente, se pueden ver las manchas, las pinceladas, la técnica y el medio están expuestos mientras que simultaneamente exponen una mirada. A pesar de que la acuarela también ofrece la posibilidad de un ultrarealismo comparable con lo que el grano de plata fotográfico ofrece, creo que lo más hermoso en cualquier medio es cuando la voz del material se hace presente y con ella las palabras que sólo ese medio puede pronunciar. Un tiempo tomé un curso de ilustración científica el cual disfruté muchísimo, pero las láminas que realicé con acuarela, a pesar de tener un nivel de fidelidad a la realidad que nunca me había comprometido a lograr, carecían de la vitalidad y espontaneidad que la acuarela aporta. Por supuesto, en ese caso las láminas tienen como objetivo ser lo más sobrias posibles con el fin de mostrar de la forma más objetiva el espécimen, pero aún así sentía la frustración de no poder plasmar los ejemplares con mayor libertad.
La segunda imagen es de Georgia O’Keeffe, me gusta por lo aparentemente sencillo y por la forma en la que permite que el pigmento se desenvuelva, hay algo líquido, libre y expresivo en cómo se tiñen los colores mutuamente, evoca la misma fascinación que uno puede tener al ver cómo cae una gota de tinta en un vaso de agua, la forma en la que se expande y se pierde y diluye. Era justo esto lo que quería intentar lograr con este experimento: notar la forma en la que se comporta el pigmento, jugar con la humedad y la forma en la que el tiempo afecta a esta. Al hacer una pincelada de agua cada segundo que pasa antes de colocar sobre ella el pigmento representa una cambio en la forma en la que estos dos interactuarán, y uno lentamente comienza a leer tanto al papel como al pigmento. No sólo eso, la fragilidad de la acuarela la hace también visualmente cautivante, si uno busca un alto contraste lo más probable es que tenga que poner múltiples capas y con suficiente tiempo para permitir que cada una se seque, en ese sentido pintar con acuarela es como tirar capas de seda, una sobre otra hasta que gradualmente eliminen toda luz que pueda pasar entre ellas. Pero a diferencia del acrílico, el óleo o la tinta, la acuarela preserva su fragilidad y una pincelada contundente y húmeda puede rasgar la oscuridad para revelar que debajo de todo aún hay luz.
A falta de modelos busqué referencias en los libros Forbidden Erotica, que es una colección de fotos eroticas antiguas y Araki: Tokyo Lucky Hole, un libro raro e interesante de fotografías que Araki tomó entre el ‘80 y ‘85 de la industria sexual de Tokio que tuvo múltiples manifestaciones que la palabra “raro” no lograría definir del todo. Ambos libros son publicados por Taschen.