Ha sido una temporada rara. Empezó con un golpeteo en la ventana una noche mientras trabajaba en mi estudio, normalmente ese sonido lo asocio con los escarabajos de mayo que este año no aparecieron en mi jardín pero que cuando lo hacen levantan un vuelo ciego destinado siempre al impacto contra las ventanas o paredes de mi casa. En este caso era una abeja, luego dos, así empezaron a aparecer en las noches, a veces se metían a la casa y zumbaban alrededor de la lámpara del vestidor. Luego, a la mañana siguiente, encontraba tiradas varias de ellas muertas y empecé a recogerlas y ponerlas en una cajita de Altoids.
Después de unas dos semanas subí a mi azotea donde descubrí que la colmena estaba dentro de un hoyo en la pared, pero asumí que no podría ser muy grande porque el espacio interior no parecía demasiado amplio. No le dije a mi mamá, con quien vivo, que había descubierto la colmena por miedo a que eso llevara a que tuviéramos que marcarle a los bomberos y que las mataran. Esta es una era en la que las abejas son sumamente queridas pero la verdad es que basta con tenerlas cerca para fascinarse con lo bonitas que son. Esa noche tuve una pesadilla en la que las abejas entraban a mi cuarto y se me encimaban y me picaban hasta matarme. Los sueños continuaron el día siguiente, sólo que en ese yo lograba construir una caja de apicultura para que pudieran vivir ahí. Así se campechaneaban los sueños, la mitad eran violentos, la otra mitad apuntaban a la posibilidad de armonía.
Cuando visité a Macarena en Londres el mes de marzo hubo un día en el que ella se fue a una de sus clases y yo tenía una cita con un amigo más en la noche. Con el tiempo que tenía para matar me metí a una tienda esotérica donde terminé comprando un libro llamado Green Magic el cual muestra los principios del paganismo céltico, ese con el que yo había quedado fascinado después de ver The Wicker Man (1973). El libro plantea la cosmovisión de este sistema de creencias: Hay un hombre y una mujer quienes mueven la vida en la Tierra y todos los años siguen el mismo ciclo en el que al principio del año la mujer da a luz a un bebé; posteriormente, en la primavera, el bebé es un joven fértil y tiene sexo con ella, todas las criaturas hacen lo mismo, así continúa, se hacen adultos en el verano donde se siguen amando y finalmente él muere y ella se prepara para traerlo a la vida de nuevo en la forma de un bebé. El libro plantea que uno muestra su devoción a estas dos figuras con varios rituales, se presenta con un nombre (frecuentemente tomado de la naturaleza) y más adelante, una vez que se haya entablado una relación seria y comprometida con ellos, Ella y Él le entregarán un nombre secreto al seguidor. Este nombre vendrá a él o ella a través de la naturaleza, misma que será el medio por el cual le hablarán y, si es lo suficientemente atento, permitirá incluso clarividencia. Me parecía hermosa esta idea, de estar en constante conversación con la naturaleza.
Macarena me regaló hace unos años un libro donde venía un ensayo de Aldous Huxley titulado Wordsworth en los Trópicos, en el ensayo, Huxley critica a otro escritor de apellido Wordsworth diciendo que este hombre encarna la falacia de las ciudades con su inocente amor hacia la naturaleza:
Para los que vivimos bajo un cielo moderno y en la era de Henry Ford, el culto a la Naturaleza surge de manera casi espontánea. Resulta sencillo amar a un enemigo lánguido y que ya hemos sometido. Pero si hablamos de un enemigo con el que seguimos en guerra, un enemigo no conquistado, inconquistable e incesantemente activo… No, no podemos, no debemos amarlo.
Mis sueños eran entonces una fluctuación entre estas dos posturas, entre saber que con cada día que pasaba la colmena lentamente se expandía en los espacios desocupados del edificio y, en el proceso, conquistando aquellos en los que yo habito. Por otro lado, es justamente por que vivo en una ciudad que tengo una fascinación con la naturaleza, particularmente con los insectos que entran a mi casa, que incluso desde antes de haber leído el libro de magia me parecía que su irrupción comunicaba algo, como si estos entes fueran los pequeños mensajeros de una fuerza colosal y siempre en tensión. Los emisarios más pequeños, que son también, como los helechos, los primeros en comenzar la colonización de un territorio. Todos estos pensamientos coincidieron el día en que María me enseñó a usar la máquina para tatuar y terminé por pedirle que me tatuara una abeja en la pierna izquierda.
Consideré por un momento contactar a una organización de reubicación de abejas, y cuando por fin le dije a mi mamá que todas esas abejas venían de nuestra azotea creo que inconcientemente prolongué el tiempo para contactar a dichas organizaciones. No sé si hubiera sido posible moverlas, tomando en cuenta que implicaría romper el muro, pero la forma en la que se desenvolvieron las cosas fue bastante trágica: El día después de que tomé las fotos para que con ellas pudieran evaluar si se podía o no reubicar la colmena recibí un mensaje de mi mamá de que mi vecina había llamado a los bomberos. Rompieron el muro y mataron a una buena cantidad de abejas. Extrajeron una lámina gigantesca de panal. Cuando llegué ya se habían ido y probablemente más de la mitad estaban muertas, la otra mitad de había concentrado en otra parte de la azotea y teníamos abejas zumbando por todo el jardín. Conforme pasaron los días se fueron yendo, o tal vez murieron en esa parte de la azotea que es inaccesible, todavía no subo con una escalera para ver.
El poema titulado Para las abejas fue más una excusa para hacer retratos con tinta de veinticinco de las múltiples abejas que tengo en la cajita de mentas. Junto con las otras que fallecieron y están tiradas por la azotea sospecho que hay más de cien. Durante todo este periodo también tomé una serie de fotos de 10 cadáveres como intentando descifrar las diferencias individuales de cada abeja, esto a su vez llevó a los dibujos que están en el poema y creo que culminará en un cuadro donde he trazado una cuadrícula con un eje enumerado y el otro con letras con la finalidad de poder ponerles un nombre (A1, A2, B3, etc) que permita apreciarlas más como individuos que fallecieron en todo este periodo.
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