¿Cómo se dibuja una casa mexicana? Todavía no encuentro la respuesta. Sé que si me piden dibujar una casa de forma veloz, que sea el equivalente a un muñeco de palitos lo primero que haré será un cuadrado con un triángulo arriba. No sé si todos los que estudiamos en escuelas bilingües dibujemos así las casas, pero creo que hay algo brutal en saber que tu iconografía de hogar es ajena, que si caminas por las calles de la Ciudad de México difícilmente encontrarás estructuras similares.
Visito a mi tía en Estados Unidos casi todos los años. En 2015 (creo) se mudó de Milwaukee, Wisconsin, a Highland Park, Nueva Jersey a una zona llena de pintorescas casitas que evocan los cuadros de Edward Hopper. Estos viajes han representado para mí un respiro de mi vida, desde la turbulenta adolescencia hasta la abrumadora vida adulta. La llegada a NJ fue un cambio de panorama completamente, los días aquí los dedico principalmente a leer y caminar por el barrio lleno de casitas, casi todas hechas de madera y frecuentemente decoradas con colores pastel, íconos del esplendor caduco de los suburbios que hoy pasa a ser lentamente devorado por complejos habitacionales y departamentos que buscan comprimir más gente en menos espacio.
Quienes adoramos la serie Mad Men, el documental Salesman (1968) , Death of a Salesman de Arthur Miller o incluso Blue Velvet de David Lynch compartimos una fijación por la ya tan trillada temática de la muerte del American Dream, y a pesar de que es algo que veo una y otra vez sigo fascinado con la cultura estadounidense y la perseverancia de la misma en el mundo de las apariencias. Esto se hace muy claro cuando uno está formado para cruzar migración en el aeropuerto: Murales, fotografías, pantallas con videos de gente feliz saludándose entre ellos, tomas del paisaje desértico y boscoso, America the Great “from sea to shiny sea”. Y esto es lo que uno que lleva una vida privilegiada ve cuando llega por avión, evidentemente la frontera de este contenido está delineada por un muro en construcción.
Sigo sin entender por qué me interesa tanto esta juxtaposición de las apariencias, misma que David Lynch parece denotar en la primera escena de Blue Velvet, esa en la que un hombre regando su jardín perfecto colapsa ante un paro cardiaco y se nos muestra que bajo ese cesped hermosamente mantenido yacen los escarabajos. Quizás es porque me enseñaron a hablar un inglés cargado de palabras, frases, chistes y oraciones que parecían prepararme para un gran viaje a los Estados Unidos. Los lunes, en el patio principal, se cantaba el himno a la bandera pero también se hacía el allegiance to the Mexican flag, que era básicamente el juramento a la bandera estadounidense reemplazando la nacionalidad del símbolo.
Sin darme cuenta se implantó en mí una aspiración a una forma de vida en la forma de lenguaje, y fue hasta este viaje que por primera vez dejé de preocuparme por mantener un acento gringo, uno del cual mi papá siempre ha estado orgulloso y el cual frecuentemente mencionaban positivamente los locales, quizás sin comprender las implicaciones de estos señalamientos. Es evidente para mí hoy que me se me educó para pertenecer o mezclarme discretamente en una sociedad ajena. Hoy veo que esa visión paradisiaca existe sólo en parcialidades, con muchos espacios vacíos y a veces tétricos entre todas las gorras y letreros de Make America Great Again, frase que parece negar que el sueño americano no fue sólo eso, un sueño.
Regreso entonces al papel y a las crayolas, a esos cuadrados con triángulos que dibujaba en mi salón y que desde la ventana hubiera resultado imposible encontrar en mi ciudad. Tal vez estas fotografías, estos retratos de lo que yace entre esas casitas perfectas sea una forma de aceptar que ni las mismas casas que inspiraron esos rayones bidimensionales existen, que tienen volumen y por lo tanto espacio para esconder todo lo roto, lo secreto, lo descuidado y lo vergonzoso.
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